Ascenso y Descenso

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“Rabi Nehunia ben Hakana se sentó y explicó todo lo referente a la Merkaváh. Describió su descenso y ascenso, y cómo el que desciende debe descender y cómo el que asciende debe ascender:...” (Hekkalot Rabbati 16)

 

Existe una consideración -o quizás fantasía generalizada- de que subir o ascender es más complejo o requiere de mayores habilidades y recursos que descender, y esto en cualquier área del desarrollo humano. 

Ya sea que se trate del ámbito material, en la elevación de un avión o la subida a una montaña por ejemplo; desde lo emocional obtener un ascenso laboral o éxito en un emprendimiento, o en el aspecto espiritual, con el aumento del nivel de conciencia o la exploración sutil en una meditación. 

Así, hallamos miles de técnicas para la “subida” con detalles, tiempos, ritmos, explicaciones de toda clase, manuales que describen con rigurosa minuciosidad las  variantes  y enormes posibilidades -en lenguajes más o menos accesibles- las modalidades para conseguir remontar vuelo. 

 

Para comprender lo que sigue, el lector deberá extrapolar este texto a su vida, meditaciones y trabajos espirituales, leyendo entre (o detrás) de las líneas, bajo la forma “Sod” (secreto) lo que se implica desde el lenguaje de la Cábala. Esta lectura será un trabajo de asociación y descubrimiento. 

 

Para volar un avión, por ejemplo, (o meditar) el piloto aprende en las primeras horas del curso a leer los indicadores y manejar los controles de ascenso para el despegue (estudio) que consiste básicamente en acelerar al máximo manteniendo la nave sobre la pista hasta llegar a cierta velocidad y luego, así literalmente, aliviar la presión de los controles hasta que el avión se eleva casi solo (relajación).

Es cierto que en los aviones grandes el piloto tiene que saber navegar por la ruta prevista que se decidió con anticipación, claro (preparación) llevar a cabo todo tipo de cálculos, tiempos, distribución del peso, densidad del aire, los vientos, el  largo de la pista, velocidad, entre otras cosas para el despegue, pero todo esto se efectúa ANTES aún de encender los motores. 

 

Sin embargo, nada de eso es comparable con el descenso que se muestra como un desafío de habilidades siendo el aspecto más complejo, delicado y demandante de toda travesía. 

Las maniobras de descenso (aplicación de lo aprendido, experiencia) requieren de concentración, confianza, intuición, calibración, reducción de la velocidad y equilibrio.

Primero se debe encontrar la pista, o sea que se debe saber dónde se está (contexto) y cuál es el plan de aproximación a la misma (objetivo), cómo maniobrar para orientarse en su dirección (método), desde dónde y cuánto sopla el viento (información), elegir el punto exacto de descenso - sin titubear- (discernimiento) evaluar o conocer el tamaño de la banda para  que quede un espacio lo suficientemente seguro y amplio para frenar sin riesgos.  

 

Durante el entrenamiento esto se repite una y otra vez hasta que se visualiza e internaliza, se aprende a "ver" (grabar, tallar) el sendero de aterrizaje y se comprende cómo cambia la perspectiva a medida que se desciende.

Si la “impresión” es que la pista es demasiado plana, significa que se está demasiado bajo, si la “impresión” es que la pista está empinada, aún se está demasiado alto. 

La perspectiva debe ser equilibrada (oscilación derecha - izquierda). Y así el descenso.

 

Una vez que se tiene el  punto de aterrizaje correcto y asegurado (concentración en el objetivo) acercándose suavemente se monitorea el descenso y la velocidad hasta que las “ruedas” (o aquello que hace contacto con la tierra) se hallan a solo unos pocos metros por encima de la pista; atención, no nosotros, sino las ruedas de la nave. En este punto se maniobra con la nariz del avión (ajuste, improvisación, instinto, intuición) hacia arriba para ralentizar o incluso detener el descenso, y recién después se posa en el suelo.

 

El descenso es un asunto de gran experiencia, para el cual se debe generar un surco mental repitiendo la práctica una y otra vez, en las academias de vuelo horas y horas, de día, de noche, con lluvia o con sol, hasta que todo el proceso se vea con claridad. 

Ah! Y todo esto además con la eventual ayuda de una torre de control (guía, orientador).

 

Teniendo en cuenta que nuestra mente llega mucho más alto que un avión, el descenso desde una meditación y retorno a la vida cotidiana requiere de una exquisita calibración. De nada nos servirá haber ascendido si no se produce un aterrizaje suave que nos permita mantener las emociones y descubrimientos del viaje vigentes a largo plazo para utilizarlas en nuestra vida cotidiana. 

 

El ascenso del alma no habrá tenido ningún éxito si las revelaciones se han esfumado durante la apresurada bajada, ya sea en tiempo, dispersión o expectativa. Saber elevarse también significa saber descender. 

 

©Ruth Percowicz - Todos los derechos reservados