El Error y la Culpa

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La ingenua idea de tratar estos temas en profundidad, en pocas líneas, remite, además de a cierta predisposición guerrera, a un voluminoso  tratado de psicoanálisis. De hecho no pueden ser tratados sin mencionar la vergüenza, la impulsividad, la empatía, el perfeccionismo, etc. Para alivio momentáneo y parcial disponemos de otras visiones anteriores a la época de cuando el judío Sigmund despuntara una nueva ciencia. En la Europa cristiana, por ejemplo, ya se venía ensalzando por siglos la doctrina del “pecado original” (en hebreo: error) generando una culpa abarcativa, intensa y estigmatizante a nivel de humanidad. 

Pero como esta columna trata de temas de Cábala es necesario retornar a las fuentes, no solo para ponernos en contexto sino además elaborar, sintéticamente, este asunto no menor. 

Adán y Eva se hallan en el Jardín del Edén siendo tentados por la astuta serpiente (Gn. 3:1) y mientras leemos nos imaginamos la siguiente y lineal caricatura simplista: Eva come del fruto, le dá de probar al Adán y de repente ambos “se dan cuenta de que están desnudos”. En la siguiente escena aparece la Máxima Autoridad (que no necesita preguntar nada para saber qué sucedió) y cuestiona al Adán “¿Dónde Te Encuentras?” (en hebreo “Aieja”, es decir, ¿por qué no te hallas a Ti Mismo?). Esto lleva al Adán a un vano y tardío intento de explicar lo sucedido echándole la culpa (con absoluta verdad y transparencia) a la mujer, quien en un vano y tardío intento de explicar lo sucedido le echa la culpa (con absoluta verdad y transparencia) a la serpiente. A partir de allí, se presenta el desarrollo de errores y reparto de culpas de la humanidad que ya conocemos y si no, sugiero leer completo el Pentateuco (para empezar). 

Entre líneas y con un tinte psicológico, este episodio bíblico, la toma de conciencia de un error que genera culpa, podría ser definido como el miedo a la autoridad y a la pérdida del amor parental.

 

Sin embargo, el interés de este escrito no es echarle la culpa al error, sino explorar eventuales formas de resolverla o aliviarla. Teniendo en cuenta que dicho episodio bíblico, sus personajes y consecuencias forman parte de los arquetipos del inconsciente colectivo occidental, y que la astucia de los modernos satanes que nos rodean se encargan continuamente de activarlos, es importante observar que el error de Adán y Eva queda sin resolver: no hay remordimiento, no hay “dis-culpa”, no hay retorno, ni elaboración, ni profundización, ni reconocimiento, ni negociación, ni diálogo, ni aprendizaje. 

Entonces cada vez que se  active la energía arcaica de lo sucedido en el Edén, cada vez que nos damos cuenta de que estamos desnudos, o sea,  cada vez que tomemos conciencia de que cometimos un error se activará un muy complejo arquetipo que en una lamentable y abrumadora mayoría queda sin resolver. 

Al día de hoy, nadie pide disculpas ni mucho menos perdón, ni demuestra arrepentimiento, ni se acerca al otro para confesarlo, o conversar de sus defectos o emociones desequilibradas o compartir situaciones  previas, o expresar heridas por diferencias afectivas que pudieran haber sido la causa de la transgresión y sus consecuencias negativas.

 

Existe incluso la posibilidad de trasladar este siniestro artilugio a grupos  grandes como países cuyos gobiernos deberían renunciar en forma efectiva, indeclinable e inmediata, por haber errado y sentirse, si ya no culpables, como mínimo responsables. Pero no solo no leerán este reclamo ni mucho menos pedirán perdón, sino que en el eventual caso de que algún valiente les llame la atención no se darán por aludidos. Ellos no tienen la culpa de sus errores, en todo caso es el virus, o el calor, o los periodistas. Como en el Génesis de la humanidad: la culpa es del otro.  

 

Ni la serpiente, ni Eva, ni el Adán, piden perdón, solo vivencian la vergüenza en su incipiente y recién nacida conciencia sin saber en ese momento primigenio, qué hacer.  

Sin embargo se supone que a esta altura de los tiempos, supuestamente ya  sabemos qué hacer, hemos analizado que la culpa es una emoción de índole social que ha evolucionado conscientemente para protegernos, y que su incómoda aparición es evidencia de que nos hemos equivocado al herir física o emocionalmente a otra persona, ya sea en forma intencional o no. Y parte de esa evolución es atender seriamente el mensaje que nos trae y actuar en consecuencia. 

 

La toma de conciencia de nuestros errores personales, el proceso de arrepentimiento y manifestación del mismo a través del diálogo y el encuentro, alivia la culpa, profundiza el vínculo y nos hace crecer a través del aprendizaje y del amor.  

 

©Ruth Percowicz - Todos los derechos reservados