El Problema de la Imagen

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Una imagen, ya se sabe, vale más que mil palabras. La inspiración que sugiere y el conocimiento que genera a través del ojo, queda plasmado en la mente, conciente e inconciente, con el potencial de transformar la vida del observador. 

 

En especial, los cabalistas creen que las imágenes antropomórficas que describen la Toráh y los demás textos sagrados son la manera de comunicar ideas sutiles en términos que el hombre pueda comprender. En ese sentido  cada detalle de la forma natural o humana es una revelación divina. 

Sin embargo, concebir a la divinidad en forma física humana está estrictamente prohibido ya que cuando se le otorga forma se la limita por lo que la Cábala propone la infinitud o el Ein Sof para expresar al Todo. 

La Halajá estimará que en una foto o imagen se detiene el tiempo y el constante flujo divino de vida y sustento espiritual; así es como en sectores ortodoxos las imagenes aleatorias o espontáneas están vedadas. 

 

Para dilucidar algo sobre la “imagen” (tzelem) en las pocas líneas que permite este espacio propongo una sencilla exégesis y tomar la palabra que aparece en Gn. 1:26 “Hagamos al hombre a  nuestra imagen… (betzalmenu). Comenzando por la lectura literal (o peshat) en hebreo moderno “tzilum” significa fotografía. 

En otros lenguajes semíticos la misma palabra se utiliza para designar una estatua de pie sugiriendo que la imagen de la divinidad debe ser visualizada como “de parado”, intentando diferenciar claramente la postura de los animales. Y hay una corriente de interpretación que se mantiene en que, efectivamente, el hombre tiene las mismas características de forma física que el Ein Sof. 

Las lecturas alegórica y rabínica (Remez y Drash) con los enormes aportes de Maimónides y Heschel calificarán a la imagen de Dios con  las cualidades emocionales y mentales pero no físicas de la divinidad. 

 

La lectura Sod (secreta) lleva a buscar la raíz de la palabra “tzelem”, que es tzel, צל sombra. Desde la psicología analítica la sombra es “todo aquello en una persona que no puede ser nombrado (!)”. Además, la imagen de la deidad o el arquetipo divino tiene o contiene, al igual que todos los arquetipos, inexorablemente, sombra.

Será posible leer entonces el versículo del Génesis como … “Hagamos al hombre a nuestra “sombra”? ¿Quizás Adam sea nada menos que la sombra que no puede ser nombrada porque en formas maravillosas refleja Su luz, perfección y belleza? ¿Tal vez la Sombra que surge inevitablemente al rebotar la luz de Su creación, sea la expresión divina necesaria para crecer? 

O, a lo mejor, esta dualidad demuestra el concepto de la trascendencia de la divinidad a través del hombre. En este caso, el ser humano y la imagen de Dios, al igual que luz y sombra,  constituyen una fusión inseparable. 

 

©Ruth Percowicz - Todos los derechos reservados

 

Foto: (Instagram) @marcestrauch