"Sólo Háblame de Amor"

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Con profusión de adjetivos y volutas lingüísticas, el amor ha sido históricamente expresado por todos los rincones del mundo como el sentimiento de afecto hacia otras personas, desde lo filosófico como una virtud, y desde un punto de vista bíblico como un mandato “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev. 19:18). 

 

Al término hebreo AHAVÁ (אהבה) o amor, le corresponde la gematría o valor numérico 13, el mismo que a la palabra EJAD (אחד) o uno.

De esta manera es fácil encontrar posibilidades de combinación entre esos dos términos y “hablar” horas, organizar cursos, dictar cátedra, debatir posturas acerca sobre lo sublime y fundante que es este sentimiento. 

Sin embargo, el encuentro del amor o el puntual hallazgo del alma gemela para volverse uno, es harto complicado y reviste mucho más esfuerzo, bastante más ejercicio que la mención de la palabra o la elaboración del concepto amor.

 

En apariencia este sencillo y grato asunto, el Amor, digo así, con mayúsculas, se ve paralizado cuando llega el momento de la verdad: ejercerlo.

 

Por cierto, “hablar” de amor públicamente y sin demasiada profundidad es un éxito en ventas. Hay una mayoría que necesita que le “hablen”, que la verbalización acerca de este sentimiento le genere la “fantasía” de sentir, les acerque no más sea  una pretensión de amor, una referencia -aunque hipócrita e interesada- sobre dicho sentimiento. Así ese auditorio está permeable a que sus emociones personales sean manipuladas a voluntad.

 

En algunos servirá para satisfacer la necesidad de afecto, en otros la sexual, en otros más la propaganda o captación de votos. Más de un político ha arengado a miles “hablando” de unión y afecto, diciendo literalmente: “Amor, amor, amor!” y luego… la traición. Hablar de amor sin amor es entonces lisa y llanamente “lashon hará” (malas lenguas). 

Los populares ardides en estas situaciones crean una suerte de histeria individual o colectiva que puede llegar al éxtasis sin que el amor propiamente dicho haya sido realizado en ninguno de sus aspectos.

Además del “habla”, en la entrega y la recepción de la palabra amor interviene la escritura. En este caso no habrá un tono, un momento, un compromiso, una expectativa. La fría y distante letra, ahora más cuadrada, pareja y automática que nunca, difícilmente sirva de trampolín para que el amor (o un “emoji”❤️!) salte de las pantallas o el papel y sea -aún antes de pronunciado- ejercido. 

 

Nos encontramos con que a la gente le encanta escuchar “hablar” sobre amor y  “hablar” del amor, especular, novelar, revolotear sobre esta noción, imaginar,  incluso mentirse, antes que AMAR. 

Concluimos de esta manera que “amar al prójimo” resulta en un repetidisimo y elevadísimo tema que queda desmerecido, minusválido, del cual se “habla” mucho comparado con lo que se practica. 

 

Pero, hay más.  

Mucho más grave que todo esto y aún manteniéndonos en la superficie de la sentencia del Levítico, es el hecho de que “amarse a sí mismo” es lo primero que quedó en el rango teórico, circunstancia que se refleja luego en el no ejercicio del amor hacia el prójimo.

¿Cómo pretender amar al prójimo si no nos amamos a nosotros mismos? ¿Con qué autenticidad y transparencia nos será posible siquiera “hablar” de amor y mucho menos AMAR al prójimo cuando estamos fragmentados en nuestro interior, desunidos, apocados, vejados y temerosos; cuando nuestro Tiferet (o el Yo, el Sí Mismo) se halla eclipsado por Iesod (el ego) o deprimido porque no le encontramos sentido a la vida; cuando la función de unidad del amor ni siquiera existe en nuestro interior?

 

¿Con qué fundamentos encontraremos nuestro alma gemela, esa que nos posibilitará acceder de regreso al Edén, si ni siquiera sentimos amor por nosotros mismos y nos conformamos con fantasear en vez de actuar?

 

Desarrollar el amor propio es también crecer espiritualmente, comprendiendo que nuestro alma tiene un potencial enorme y permanente en todas las direcciones; atendiendo a nuestros dones específicos con los que hemos sido dotados por la divinidad para expresarlos, y unificando en nuestro interior el deseo de recibirnos (Cabalá) a nosotros mismos. 

Así quizás encontremos nuestro alma gemela. 

Así a lo mejor, una vez unificados e integrados podamos amar de la misma forma al prójimo y consigamos finalmente ascender a la Unidad más elevada, a través del Tikún Olam (corrección del mundo).

 

©Ruth Percowicz - Todos los derechos reservados